La genealogía de la moral

Español
ID del libro: 830
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PRIMER TRATADO

Bueno y malvado, bueno y malo

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Estos psicólogos ingleses –a los que hay que agradecer los únicos intentos emprendidos hasta ahora de llegar a una historia del surgimiento de la moral- nos plantean con ellos mismos un enigma no pequeño; permítaseme confesarlo: precisamente por eso, como enigmas encarnados, tienen incluso una ventaja esencial sobre sus libros: ¡ellos mismos son interesantes! Estos psicólogos ingleses, ¿qué es lo que pretenden realmente? Se los encuentra siempre, sea voluntaria o involuntariamente, entregados a la misma tarea, a saber, empujar al primer plano la partie honteuse de nuestro mundo interior y buscar lo propiamente eficaz, rector, decisivo para el desarrollo, precisamente en lo último en lo que el orgullo intelectual del hombre desearía encontrarlo (por ejemplo en la vis inertiae de la costumbre, o en el olvido, o en una conexión mecánica de ideas ciega y casual, o en lago meramente pasivo, automático, reflejo, molecular y profundamente estúpido). ¿Qué es lo que realmente impulsa a estos psicólogos a ir siempre en esa dirección? ¿Es un instinto –secreto, malévolo, ruin y quizá inconfesado para él mismo- del empequeñecimiento del hombre? ¿O acaso un recelo pesimista, la desconfianza de idealistas decepcionados, amargados, verdosos y que escupen veneno? ¿O una pequeña enemistad y un pequeño rencor contra el cristianismo (y contra Platón), subterráneos y que quizá ni siquiera llegan a hacerse consientes? ¿O incluso un gusto lascivo por lo extraño, lo dolorosamente paradójico, lo cuestionable y carente de sentido de la existencia? ¿O, finalmente, de todo un poco, un poco de unidad, un poco de amargura, un poco de anticristianismo, un poco de hormigueo y de necesidad de pimienta?... Pero se me dice que son sencillamente sapos viejos, fríos, aburridos, que se arrastran y andan a saltos alrededor del hombre y metiéndose dentro del hombre, como si justo en él estuviesen en su elemento, a saber, en una ciénaga. Lo oigo con repugnancia, es más, no lo creo, y, si es que es lícito desear cuando no se puede saber, deseo de todo corazón que con ellos suceda lo contrario: que estos investigadores y microscopista del alma sean en el fondo animales valientes, magnánimos y orgullosos que sepan mantener a raya tanto su corazón como su dolor y que se hayan educado a sí mismos para sacrificar toda deseabilidad a la verdad, a toda verdad, incluso a la verdad escueta, amarga, fea, repulsiva, poco cristiana, inmoral… Pues hay esas verdades.

Friedrich Nietzsche - Фридрих Ницше - فريدريش نيتشه

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